Como predicar el Evangelio


A CONTINUACIÓN, algunos apuntes sobre el tema de cómo predicar el evangelio. ¡Qué
vergüenza pasar tiempo hablando de algo tan sencillo cuando, en lugar de discutir cómo
hacerlo, debemos hacerlo! Pero, antes de desechar el tema como pérdida de tiempo, recordemos
Mateo 23:15. El peligro es si lograr convertidos, quizás con mucho esfuerzo y sacrificio, pero no
convertidos al evangelio, o por lo menos no al único evangelio que es en verdad evangelio.

Recordemos bien Gálatas 1:8-9. Contar como convertidas a personas no convertidas es una
equivocación (¿un crimen?) enorme — si la equivocación es por culpa nuestra. La gente busca
significado en la vida, y tiene que creer algo. Pero que tengamos muy presente que por lo regular
la gente quiere creer lo que les permite seguir dueños de sus propias vidas y ocupados en sus
propios gustos. Hay muchas ofertas religiosas muy populares y muchas conversiones por razón de
las mismas. Pero si las personas no se convierten a Cristo tal como Él es y tal como es ofrecido en
el evangelio, resultan engañadas, quizás felices y confiadas, pero en camino al infierno eterno.

Así pues, un primer punto en el tema de hoy es la pregunta: ¿Qué es el evangelio según Jesucristo?
No, no intento presentar todo sobre un tema tan extenso. Muchos libros lo han hecho ya, señalando
y organizando el material bíblico sobre el asunto. Recomiendo, por ejemplo, el libro ACEPTADO
POR DIOS por John Blanchard, y el libro EL EVANGELIO SEGÚN JESUCRISTO por John MacArthur.

Para definir el evangelio, citamos 1 Co. 15:1-4. En nuestro ambiente actual, tenemos que precisar
y definir las palabras y las frases del texto a la luz de la revelación total. ¿Quién y cómo es este
Cristo que murió? ¿Para qué fue la muerte de Cristo? ¿Qué significado tiene la resurrección de
Cristo? ¿Qué hay para que uno tenga parte en este evangelio? ¿En qué sentido es posible creer en
vano? Es decir, ¿depende de uno el disfrute de la obra de Cristo? Si es así, ¿en cuál sentido y en
cuál medida? ¿Es importante, o no, resolver este punto? ¿Cómo es que uno llega a creer para ser
salvo? ¿Por qué algunos llegan a creer pero otros no? ¿Qué es esto de ser salvo del pecado? ¿Qué
nos puede asegurar que Pablo, el autor de la carta a los Corintios, es de confianza? ¿Cómo sabemos
que la Biblia donde encontramos estas palabras de Pablo es de confianza? ¿Dice la verdad? ¿Hay
tal cosa como verdad? ¿No es la verdad lo que cada uno aprueba para sí mismo según sus criterios
del momento? Sí, es fácil predicar el evangelio, 1 Co. 15:1-4, pero, a la vez, tengamos cuidado,
pues las preguntas anteriores nos alertan sobre ideas falsas que los oyentes puedan tener sobre
Jesucristo y su obra salvadora.

Si no hay aclaraciones, fácilmente las personas dicen que, sí, creen,
pero creen, no la verdad, sino su propia idea de lo que es la verdad. No, no es tan fácil, al fin y al
cabo, predicar el evangelio. ¿A qué queremos llevar a nuestros oyentes? La respuesta es que a la
reconciliación con Dios, a la paz con Dios mediante la resolución de la enemistad, mediante el
arrepentimiento y la fe. ¿Por cuál medio les llevamos a ver su necesidad de esto? La respuesta es
que a través de la predicación de la ley, la ley como exigencia de Dios sobre el hombre creado a su
imagen, sobre el hombre violador de la ley, condenado por Dios al castigo. Anunciamos el temor
de Dios, pues, buscamos llevar al convencimiento de a culpa. ¿Cómo hacemos para que el hombre
confíe en el Salvador y no en sí mismo? Tengamos presente el trato de Jesús con el joven rico, que
Jesús, en lugar de invitar al joven a creer en Él, lo llevó a reconocer que era idólatra, que tenía sus
riquezas en más alta estima que a Dios. Lo hizo mediante un anuncio de los mandamientos de Dios.

Seguimos preguntando sobre este tema con el fin de mostrar que si bien es fácil predicar el
evangelio; sin embargo, a la vez es difícil. ¿Cómo hacemos para que el hombre, reconociendo por
fin que su salvación depende totalmente de Dios, sin embargo, haga lo que Dios le manda: acudir
a Cristo? Es su deber hacerlo, a esto el amor de Dios le invita, y encuentra en la eficacia de la obra
salvadora de Cristo razón porqué hacerlo. Vamos tratando de cómo evitar por un lado la confianza
del hombre en sí mismo, en sus propias obras como en algún sentido aportando a la salvación, y
por el otro lado, de cómo evitar la negligencia que puede dejar al pecador pasivo ante la necesidad
de arrepentirse y creer en Cristo. Si Dios es el que regenera, Santiago 1:17, ¿qué necesidad hay de
llevar al pecador a la convicción de su pecado y a sentir su culpa? La respuesta es que si bien la
obra es de Dios, sin embargo, Dios quiere que la persona como persona esté involucrada, y que
actúe como debe actuar con arrepentimiento y confianza en el Salvador. Esta actuación es la
respuesta inevitable a la intervención unilateral anterior divina.

Debemos preocuparnos por la gloria de Dios y el bien del pecador. Celosos por la gloria de Dios,
el autor y consumador de la fe, sin embargo, podemos y debemos predicar el evangelio a todo el
mundo con ofertas libres, abundantes, y seguras para todo el que quiera venir a Cristo, presentando
a Cristo como dispuesto a salvar a todo aquel que invoque su nombre, y debemos dejar muy claro
que la incredulidad de la persona es el único impedimento para gozar de la salvación que Cristo
ofrece según las invitaciones sinceras y compasivas suyas. Jn. 6:37; Mt. 11:24-28
Algunos puntos como de resumen y para seguir reflexionando sobre la comisión que Cristo nos
dio, la de hacer discípulos a todas las naciones:

1. Debemos evangelizar. Ro. 10:13-17; Mt. 28:18-20. El hecho de la soberanía de Dios, es decir,
que Él esconde estas cosas de algunos y las revela a otras (Mt. 11:25-26) en nada elimina el

deber de predicar el evangelio, pues tanto lo uno como lo otro están clara y abundantemente
enseñados en las Escrituras de Dios.

2. Debemos evangelizar con el evangelio. 1 Co. 2:1-5. Es grave el peligro que Jesús advirtió en
Mt. 23:15, porque si logramos “convertidos” pero no convertidos a Cristo, al Cristo verdadero,
no a los conceptos heréticos en cuanto a Él, hemos hecho un daño quizás irreparable al dar
esperanza de salvación sin la salvación misma.

3. Debemos enfatizar el propósito principal del evangelio, la reconciliación con Dios, es decir, la
resolución del problema del pecado contra Dios, no enfatizar en primer lugar la solución de los
síntomas del pecado o el logro de metas carnales o secundarias. Fíjese en los siguientes textos
para recordar con cuál propósito Jesucristo vino a la tierra. Lc. 19:10; Mt. 1:21; Dn. 9:24; Is.
53; He. 1:3, 2:17; 9:26, 28; 10:12. 1 Ti. 1:15; Ro. 3:24-25; 1 Jn. 4:10. Proclamar como
primordiales beneficios del evangelio la salud o la prosperidad material es un error grave.

4. Debemos llevar al pecador al temor de Dios a la luz de la ley de Dios. Sólo así va a entender
cuál es su situación de condenado bajo la justicia de Dios, y sólo con esta comprensión verá la
necesidad de creer en Cristo como Salvador del pecado. Salmo 130:3-4. En cuanto a la ley,
mire el caso de cómo Jesús trató con el joven rico, que Cristo le habló de los mandamientos de
la ley de Dios cuando el joven le preguntó cómo tener vida eterna. Mt. 19:16-21. Juan Bautista
también, en su respuesta Mt. 3:1-12 (8). No era con el fin de hacer que estas personas confiaran
en obras para salvarse, sino para mostrar precisamente lo contrario, que no habían cumplido las
exigencias divinas, que no las podían cumplir, que no las querían cumplir, y que por lo tanto,
no había en ellos mismos manera para salvarse.

5. Debemos, pues, llevar al pecador a reconocer su incapacidad para salvarse, y esto en dos
sentidos:
a. Que no puede pagar su pecado mediante sus obras. Ro. 3:28; Ef. 2:8-10: Gá. 2:16
b. Que no puede (aunque debe) por sí mismo acudir a Cristo para que Él se salve. Jn. 6:44, 65;
Ro. 9:16

En ambos sentidos, mostrar esto sirve para que el pecador mire exclusivamente a Cristo para
todo, y no confíe en sí mismo ni en parte. ¿Pero, no es una contradicción decir que el hombre
debe acudir a Cristo pero que no puede hacerlo? No, no lo es, porque la Biblia enseña ambas
verdades. De esto, de mantener ambas verdades, depende por un lado que el hombre,
desconfiando de sí mismo, sin embargo sepa que debe obedecer y que obedezca como la Biblia
dice que debe, y que se convierta a Cristo, pues Cristo es el único que le puede salvar y que; sí,
salva. De otro lado depende la gloria de Dios en el reconocimiento que Él es quien salva, y que
por lo tanto a Él se deben el amor, la adoración, la obediencia, las acciones de gracias, y la
Santidad. (Además, la Biblia dice que la incapacidad del hombre se debe a su propia rebeldía,
pero que no por ella Dios rebaja sus exigencias de obediencia. ¿Qué y cuánto de la situación
del pecador debemos decirle? ¿No se desanimará si le declaramos totalmente inoperante? Claro
que sí, y es eso precisamente lo que queremos que suceda para que mire a Dios, Is. 45:22

6. Debemos recordar que por lo regular alguna convicción del pecado acompaña la regeneración.
Predicamos buscando que el pecador sea convencido de su culpa. Hch. 2:37; 24:25; Sal.
119:120. No es este sentimiento lo que merece el perdón, pero es con este convencimiento que
Dios salva, y así, consciente el pecador de las dimensiones de la salvación divina, responde en
adoración maravillada y reverente.

7. Debemos enfatizar el amor de Dios en el evangelio. Jn. 3:16; Ro. 5:8; Tito 3:4; 1 Jn. 3:16. Que
Dios está airado con el impío todos los días, Sal. 7:11, sí, pero que a la vez por amor invita al
impío al arrepentimiento y la fe en Cristo, la máxima expresión del amor de Dios para con los
pecadores.

8. Debemos proclamar y enfatizar que Dios desea la salvación de todos. 2 P. 3:9. Es cierto que
Dios no ha decretado la salvación de todos, que Cristo no pagó por todos, que el Espíritu no
obra lo mismo en todos, pero, sin embargo desea sinceramente que todos procedan al
arrepentimiento. En lugar de atorarnos por causa de lo que nuestra razón humana no puede
comprender, recibamos con toda humildad la enseñanza de las Escrituras sobre el asunto.
Dejemos con Dios el asunto de sus propósitos revelados sólo parcialmente, y en cambio,
hagamos lo que Dios nos manda hacer. Con mucha frecuencia queremos meternos en el
gobierno de Dios para determinar desde nuestra perspectiva lo posible y lo imposible, lo
permitido y lo no permitido, pero no queremos someternos a la voluntad de Dios para nosotros
declarada claramente en las Escrituras. Mire 2 Corintios 2:14-17. Debemos reconocer que Dios
tiene un amor especial y una actuación particular hacia los elegidos. Dios es el que comienza
en uno la buena obra. Él salva por gracia, Is. 65:1. ¿Es sincero el amor de Dios y las invitaciones
que Dios hace a todos? Sí, claro que sí. Mire Mt. 11:24ss, las expresiones como 2 P. 3:9; Ez.
18:32, etc., Jesús que lloró sobre Jerusalén, pero, estos textos en contraste con otros tales como
Ro. 9:16; Fil. 1:6; 2:13; Jn. 6:37, 44. Estos temas difíciles y de polémica están presentados con
lujo de detalles en libros como por ejemplo LA PREDESTINACIÓN por Loraine Boettner, o
ESCOGIDOS POR DIOS por R.C. Sproul.

9. Debemos ofrecer el evangelio a todo el mundo sin restricciones, con amor, compasión e
insistencia, invitando, presionando a todos a recibir a Cristo. Ro. 10:21; Jn. 7:37; Is. 55. Ez.
33:11.

10. Debemos reconocer, para la gloria de Dios, que la regeneración va antes de la fe del pecador.
Jn. 1:12-13. Pero, si Dios es el que regenera a quienes Él quiere (St. 1:18), y siendo que sin esta
regeneración nadie puede creer (Ef. 2:1), ¿para qué predicar el evangelio a todos? La respuesta
es que por lo regular Dios obra con la Palabra predicada, 1 P. 1:23, 1 Co. 1:21. La predicación
no es lo que en sí da vida, pero al dar vida Dios, lo hace a la vez explicando con el evangelio
la base de esta vida, es decir, la obra de Cristo redentor.

11. Debemos insistir en la necesidad de creer en Cristo, pero tener cuidado que el oyente crea en
Cristo y no en su fe. Por un lado, tiene que entender que tiene que creer, pero que a la vez su fe
no es lo que le salva. Dios le salva por Cristo por medio de la fe. Tito 3:3-8; Ro. 3:23-25

12. Debemos tener cuidado de que el pecador no tenga los primeros movimientos de conciencia y
conocimiento como necesariamente señal de salvación. Debemos buscar llevarlo a un

arrepentimiento y una fe genuinos, y que estos sean el fruto de la vida de Dios impartida ya.
Debemos buscar evitar que los oyentes se consuelen en su relación con Dios sin que haya
habido una conversión completa a Cristo. Simón mago, la parábola del sembrador son ejemplos
de esto.

13. Debemos asegurar que los convertidos sepan determinar si son convertidos o no. 1 Jn. 5:13,
toda la primera carta de Juan; 2 P. 1:3-11. No es función nuestra prematuramente asegurar a
una persona que sí es salva y segura si no ha habido todavía la evidencia en alguna medida de
las operaciones de la gracia de Dios que siempre conducen a la piedad. Tito 2:11-14.

14. Debe haber fruto de arrepentimiento, pero no la confianza en el fruto, sino en Cristo. Mt. 3:8.
Nuestra fe y esperanza están en Él y su obra. 1 P. 1:21.

15. Debemos anunciar el evangelio tal como la Biblia enseña y no ir más allá inventando medios y
medidas adicionales para asegurar que haya profesiones de fe. Fíjese en el libro de Hechos, que
las personas creyeron sin necesidad de otra cosa más que la proclamación consecuente del
evangelio. 1 Co. 13:48. Todos los que el Padre le dio a Cristo vendrán a Él mediante este
anuncio, Jn. 6:37, y páginas 129 y 130 en UN PRÍNCIPE OLVIDADO.

16. Debemos predicar el evangelio controlados por la cosmovisión bíblica, es decir, controlados
por la teología sistemática bíblica informada por la exégesis acertada de toda la Biblia. El
mensaje de la Biblia es el evangelio. Dios es el evangelio. La persona que no reconozca a Dios
Creador difícilmente va a entender el concepto de pecado en sus verdaderas dimensiones, y
como consecuencia, poco va a comprender el alcance y la naturaleza de la obra redentora de
Cristo.

17. Debemos presentar las primeras cosas primero, es decir, el evangelio en su esencia, pero al
hacerlo, no debemos negar o esconder nada de la verdad. Los pecadores deben saber tarde o
temprano todo el contexto del evangelio, el cual contexto es también evangelio por ser esencial
para contemplar las dimensiones infinitas de la gracia de Dios para el rescate de los pecadores.
No es necesario explicar todas los elementos esenciales al evangelio que permiten que el
evangelio sean en realidad evangelio, buenas nuevas, pero al no explicar todo de entrada,
tampoco se deben negar elementos o contradecirlos, quizás buscando así que sea más fácil para
la persona creer si los elementos que le podrían perturbar sean negados.

Muchos, si no todos los puntos anteriores, encuentran mayor desarrollo en el libro EL PRÍNCIPE
OLVIDADO por Iain Murray. Murray escribió el libro para mostrar que el famoso pastor y
evangelista del siglo diecinueve, Spurgeon, pese a su fama, no es recordado actualmente de acuerdo
con cómo era y cómo era el mensaje que predicaba. En general, sobre todo al principio y otra vez
al fin de su ministerio, fue menospreciado y criticado precisamente por su posición doctrinal. Tal
fue la bendición de Dios sobre su ministerio que por su popularidad fue tolerado, pero la oposición
a su mensaje y su manera de predicarlo fue dramática. Sin duda, Spurgeon tenía dones naturales
excepcionales, y el Espíritu de Dios se daba a conocer de manera impactante, pero lo que el autor
quiere mostrar es que en buena parte su carrera excepcional se debía a la bendición de Dios sobre
su mensaje y que es este mensaje el que ha sido olvidado. Predicaba a Jesucristo en toda la gloria
de su ser y de su obra salvadora, el mismo evangelio que predicaron los reformadores y los
puritanos, de acuerdo con los credos antiguos y, por lo tanto, con profundo contenido bíblico. Su
mensaje llevaba a los oyentes a Cristo en el poder del Espíritu; no dirigía a los pecadores
principalmente a experiencias secundarias, y aun menos a las falsas, pp. X11, 42, 45, 46, 57, 58,
60, 62-64. El capítulo “Imposibilidad de Transigencia” indica la firmeza de Spurgeon en el
calvinismo, y los capítulos siguientes indican sus razones por la polémica a favor del mismo, p. 78,
89, 91, 107, 113, 129-131. Claro, el calvinismo que orientaba a Spurgeon fue el calvinismo
auténtico histórico de Calvino y sus seguidores, no el calvinismo de caricatura a veces ahora
justamente rechazado.

Lea el libro, por favor, para tener una guía bíblica para evaluar su predicación del evangelio.
Queremos presentar las Buenas Nuevas con toda la libertad del caso a todo el mundo, evitando
toda dependencia de las obras humanas, pero a la vez queremos mostrar que el evangelio lleva a la
santidad en el temor de Dios, 2 Co. 7:1; Tito 2:11-14. No queremos poner ninguna condición para
volver al hombre co-actor en su salvación, Fil. 1:6. Pero, sí, insistimos en que el hombre actúa con
todo su ser en respuesta santa a la obra soberana divina. Tampoco queremos engañar a los oyentes
con seguridades sin fundamento, como por ejemplo, que los salvos por gracias pueden vivir como
impíos. Queremos que todos lleguen a reconocer la libre gracia en lugar del libre albedrío, pero
que también todos reconozcamos el privilegio siempre aprovechado en alguna medida e intensidad
por todo creyente, el privilegio de andar en el temor y el servicio de Dios.

Hay que predicar TODAS las verdades bíblicas en la medida y en las relaciones que la misma Biblia
presenta.